EL AIRE QUE RESPIRAMOS


HUMANOS, no olvidéis nunca que todos somos vida.

Al final todos claudicamos, no nos quedaba otro remedio. Fue una lucha cruel e insensata, muertos, desolación, violencia. La tierra se volvió contra nosotros, el sol, la luna e incluso, según creo, que propio el universo en su inmensidad pero a su manera. Aparecieron las enfermedades, algunas que nunca habíamos  conocido. Al principio nos las pasábamos de unos a otros sin saber porque, y  después por inconsciencia.  No había manera de defenderse y tampoco tiempo para encontrar una cura. Además, empezó un periodo en el que los elementos de la naturaleza, se alzaron contra nosotros. Nos inundaron, nos quemaron, nos electrizaron y helaron. Llegó un momento en que no sabíamos en que estación vivíamos, la primavera era invierno, y este a su vez se comportaba como un tórrido verano, en el verano llovía incesantemente pero sin embargo algunos días estábamos bajo cero. Incluso los ciclos lunares cambiaron, anochecía en plena mañana, apareciendo un sol radiante a las doce, de lo que debería ser la noche.

Las plantas se desquiciaron seguidas de los animales, y los hombres también. Los ricos construyeron mansiones cercadas con toda clase de sistemas disuasorios, no querían dejar de ser ricos queriendo serlo más. Pensaban que la riqueza era un escudo que los defendía y el hambre de los “otros” les hacía cada vez más poderosos y dueños de lo que quedaba de la tierra. Cuya función era inventar para alejarse de la multitud. Los pobres, a su vez, querían dejar de ser pobres. Tenían hambre y la desgracia de no poder defenderse, pero sobre todo eran muchos. Morir les importaba poco porque lo daban por hecho, al fin y al cabo, ya lo estaban.

Los tristes y abatidos asaltaron las mansiones - ¡Eran tantos!- Los guardianes se volvieron contra sus amos, ya no deseaban ser fieles a sus señores, querían ser sus propios señores. Todo quedó asolado.

Aparecieron entonces los profetas, no existían las religiones, solo el murmullo de las palabras que más esperanzas daban. Había clases. como aquellos que creían que un ser supremo, enfadado y cruel nos castigaba duramente pero que al final nos salvaría. La ventaja que daba eran las plegarias y los sacrificios, que a algunos les gustaba, como el uso del látigo o la crucifixión, todo ello para que ese ser supremo purificase a los humanos y los protegiera. El prohibir se les daba bien, además cualquiera podía comer ajo crudo durante una semana o meter los pies en agua hirviendo para suplicar el perdón. O incluso se podía implorar en cualquier momento y lugar, aunque fuese de rodillas sobre clavos puntiagudos.

Los que atenían a realidad, aquellos que intentaban detener el caos en el que nadaban como en un mar sin agua, echaban la culpa a los humanos. Se crearon leyes estrictas con lo que castigar, matar y asesinar. Y entre los grupos dominantes también se luchaba por imponer su razón. Ambos se aniquilaron mutuamente.

Al final quedamos pocos, y todos creemos se uno de ellos. Dejamos las ciudades en las que olas gigantescas se las había comido, lamiendo sus edificios, puliéndolo sus paredes, hasta derrumbarlos, convertidos en cascotes que rodaron hasta el suelo. En las grandes oficinas los papeles importantes bailaron unos segundos sobre las olas para quedar luego sumergidos junto a las piedras.

Los que hemos sobrevivido, sin saber porque, vivimos en las alturas, en los picos no inundados, ni destrozados por los huracanes, no nos preguntamos quienes somos, ni nuestras ideas, solo hay una cosa que nos importa, la supervivencia. Somos pocos, por eso todos nos hemos vuelto prudentes y amables. También nos hemos cambiado los nombres, yo me llamo TÚ, otros son: VEN, AMÉN, HOLA, VALE, cosas cortas y cordiales. Ya no hay apellidos, aún tenemos mucho miedo. Al menos ya no podemos ser más vulnerables o hacernos daño, o ni siquiera fastidiar a la tierra.

Y es la tierra la que parece, que al igual que nosotros, se está recomponiendo brindándonos una segunda oportunidad. Ya no llueve tanto en verano y el invierno es menos cálido, a lo que sumamos que el día y la noche se van ajustando.

Todos creemos en algo y ese algo es aquello que habíamos olvidado. Todos respiramos el mismo aire. Ese aire que nos ha unido y nos ha hecho ver al prójimo como una continuación de nosotros mismos. Por eso ya no luchamos....

 ¿Qué loco se enfrentaría a sí mismo para destruirse? 

 

Pd. Que esta pandemia nos enseñe más de lo que nos ha quitado.  



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