BLANCO, NEGRO Y ROJO
Humanos,
he conocido la versión más joven. Y no tiene una sola arruga en el alma.
El día era dulce, tal y cómo si se saborease un higo maduro por primera vez. El sol calentaba, mientras que el otoño vestía de colores ambarinos y rojizos el parque. Se podían ver como las brisas trasportaban algunas hojas que finalizaban su paseo al pie de aquellos árboles, tapizando el paisaje. A Julián le gustaba ser espectador de aquel momento, y en especial del ruido que producían sus zapatos al pisar aquella pintura realista. Era un pequeño gruñido opaco que hablaba de soledad.
Sentado en su banco de siempre mientras miraba los columpios vacíos sin niños, podía ver los detalles de aquel lugar como: el caballo de muelles quieto y algo desconchado o el tobogán abandonado y cubierto de tierra. Todo estaba en su sitio y eso le hacia sentir una amplia satisfacción. Entonces sacó un libro del bolsillo, una novela sueca de crímenes, y estirando las piernas comenzó a leer.
El sonido de unos sollozos le perturbo su paz y le hizo levantar la vista de entre las palabras en las que se encontraba envuelto. En el banco de al lado un hombre lloriqueaba, mientras una mujer sentada junto a él lo miraba iracunda.
Una pelea de enamorados pensó, por ello su primer impulso fue la idea de levantarse y dejarlos tranquilos. Pero hubo dos cosas que le impidieron irse, en un primer lugar aquello por lo que todos no movemos, para que negarlo, la curiosidad humana; y el segundo dilema que se lo impedía era el sentimiento de poca apetencia por abandonar aquel idílico lugar en el que se envolvía, y al que iba todos los días desde su jubilación. Permaneció en su sitio fingiendo leer pero sin perder detalle de la conversación de aquella pareja, de la que solo le llegaban retazos deshilvanados de sus palabras.
La joven mujer desprendía una intensa furia hablando de engaños, miedos y traiciones, mientras que el joven simplemente derramaba lágrimas por sus mejillas. Con gran atención Julián ponía su mirada lasciva en los dos jóvenes, sin pudor, observando la juventud de ambos protagonistas de escena. Comenzó a sentir pena por los jóvenes, pero sin saber muy bien el porque con un mayor sentimiento intensificado hacia la mujer, a pesar del latente enfado que ella presentaba. Le pareció que, a pesar de su enfado, ella presentaba más vulnerabilidad ante la situación, estaba dolorida. Y con todo ello cayó en la cuenta de que ella le recordaba en muchos sentidos a su tan amada Lola.
Era Lola tendida sobre sábanas blancas el recuerdo que Julián vislumbraba a menudo. El blanco era para Julián el color de la pasión y sexualidad. Ese color tan nítido que no le dejaba posibilidad a la distracción de sus sentidos cuando sobre el se percibía con claridad el cuerpo de aquella diosa, de esa mujer desnuda con mechones de pelo corto en color oro que se fundían en la almohada. Solo sus ojos negros, cargados de pasión, y relucientes le reclamaban haciéndole crecer que existía una urgencia que nunca pudo controlar.
La joven mujer del banco miró de reojo a Julián, quién ante su mirada sintió vergüenza apartando la vista al instante. Su amada Lola se esfumó de su recuerdo del mismo modo que lo hizo de su vida. En ese momento Julián solo pudo decir en sus pensamientos:
- ¡Seréis tremendos idiotas! ¿Por qué discutir en vez de amarse?. El tiempo pasa, arrastrando consigo las sábanas blancas...
En ese mismo instante la joven se levantó de improviso poniendo fin a la discusión, lo que hizo que Julián volviese desencantado a su lectura.
Mientras tanto Luis, el joven del banco, observaba como María, la joven mujer, se alejaba de él. Se notaba como a Luis le inundaba un sentimiento de incertidumbre, en el que se debatía entre el querer y no querer que ella volviese. Si Luis llamaba a María y ella decidía regresar, ¿Qué ocurriría? ¿Qué podría decirle? ¿Qué iba a cambiar? … a las preguntas sin respuesta que iban asaltando a Luis, este no podía responder si no con una duda de no saber si podría prometer seguridad en algo.
La realidad que vivía él es un no saber si realmente la quería de verdad o no. Solo había una cosa que le ataba a ella, el color negro. Un color cuyo significado se relacionaba con las sábanas sobre las que se acostaron por primera vez. Ese marcado día María llevaba puesto un camisón de encaje negro, su pelo también era oscuro, solo su piel blanca y el azul de sus ojos resaltaban en aquella opacidad. Luis sintió en ese preciso momento, al verla entre las sabanas negras, un sentimiento que le hundió en una caverna tenebrosa de la que nunca querría salir pero de la que recibiría un festín completo para los sentidos. Entonces la amó verdaderamente, aquella vez la amó con su cuerpo y su alma. Ese día ella era dueña y el quería ser poseído, ella mandaba y él se dejaba mandar, ella se imponía y él imploraba.
Pero fue el tiempo el enemigo, fue el tiempo quien determinó. Un día sin más la joven mujer comenzó a quejarse de que aquella rutina se había agazapado en un rincón de la cama. Y de sorpresa un día María encendió las luces y cambió el negro por el rojo, y ya nada fue nunca lo mismo. Luis buscó en otras mujeres el negro que le obsesionaba, pero ninguna poseía el poder de alcanzar la oscuridad. Ella supo que él le había traicionado, y ya no pudo amarle más.
Mientras lo abandonaba, Luis tenía el impulso de levantarse y correr detrás de ella, pero el sol resplandecía y el parque estaba lleno de luz. Quizás fuese mejor para él escapar del profundo pozo en el que había estado. Pero... ¿Y si buscase en otras mujeres esa nueva luminosidad que ahora vislumbraba? ¿Encontraría en alguna el sosiego tan ansiado?.
Ella se levantó del banco furiosa y él se quedo allí sentado llorando como un niño. Próximos a ellos se encontraba un hombre que les había estado escuchando disimuladamente muy atento a su discusión. Para María esto supuso un gesto de reprobación y aquel espia poso sus ojo en ella mientras se iba. Para ella ese cruce de miradas le hizo sentir pena por aquel hombre angustiado que les habia observado sin sabes que ocurria. Sin embargo, era de ella de quién debía sentir lástima. Ella había tenido todo un año perdido, salpicado de embustes y enredos que Luis usaba para comportarse como un niño, rodeándose de manías y fetiches para poder conseguir sus antojos.
Dos jóvenes tendidos sobre sábanas negras con la luz apagada sumidos en la más absoluta oscuridad, tentándose con sus cuerpos como si estuvieran ciegos, con pequeños destellos de una linterna para contemplarse. El recuerdo de esta escena al principio le provocaba un sentimiento de placer absoluto, pero después ese sentimiento se tornaba en angustia , y llegó a comprender que aquel miedo suyo alimentaba su pasión.
¿Qué se podría inventar después de aquello?
Ella estaba aguantando la monotonía por el gran amor que sentía por él, pero un día quiso romper aquella odiosa rutina que les alejaba. Un día cualquiera encendió todas las luces y puso en la cama sábanas rojas. El color rojo significaba pasión, pero también vislumbraba su significado de furia y celos. Ese día cualquiera él no entendió nada, pero desde aquel momento comenzaron sus engaños. Tras ese instante de cambio se dieron subidas y bajadas sentimentales que acabaron llenando su mente y su corazón de dudas y amarguras. Y fue de nuevo el tiempo quién en busca de valentía dejo que todo se emborronase, antes del fatídico día
No más miedos que nos roben la alegría, no más robos de un te quiero o un amor, no más ahogos en lo falso y oscuro. Y mientras ella se alejaba a cada paso le aborrecia más que nunca, porque mientras avanzaba por aquel parque lleno de luz y vida ella sabia que él nunca cambiaría. Pero tuvo claro al instante que debia aceptar que a pesar de todo nunca dejaría de amarle intensamente.
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