EL ENTIERRO DE MOZART
HUMANOS, recordemos siempre la vida.
El Dios en el que se cree esta contemplando el pobre carruaje dónde el cuerpo pequeño y rígido de Mozart se balanceaba de un lado a otro en un ataúd, de grosero pino, lugar de su último cobijo. Y como Dios no tiene las emociones contradictorias contempló serenamente, como de costumbre, aquel desaguisado que evidenciaba una nueva prueba de la estupidez humana.
El caballo, que intentaba hacer lo que podía, aún siendo difícil, buscaba avanzar con dignidad a pesar de que sus pezuñas se hundían pesadamente en el lodo del camino obligándole a andar con lentitud. Sobre su cabeza llevaba a un penacho negro y polvoriento que se movía rítmicamente con el contoneo del animal. Y la cinta que sujetaba la testuz acabó por resbalarse, dejando en su caída la libertad de un solo ojo al caballo.
El jamelgo, desconocía por supuesto, que dentro del carromato estaba el cuerpo, ya helado, de un extraordinario genio. Genios o no todos eran iguales para el animal. Pero tampoco el conductor del carruaje sentía ninguna piedad o consideración por el difunto. Lo único que ambos deseaban era acabar cuanto antes e irse a descansar. En el caso del conductor irse a su casa a acostarse con su mujer, una mujer tetona que le traía loco, y es por eso que no lo pensó mucho.
La lluvia les incordiaba, los parientes del muerto se habían quedado bajo su paraguas a la entrada del enlodado cementerio. El conductor pensó para sí mismo que a lo mejor no debían de quererle mucho, que quizás era un mal bicho de los que se divierten zurrando a la familia. Continuo mirando pero evitando que su pensamiento fuese descubierto, bajándose del carruaje no dejaba de mirar a su alrededor percatándose de lo desolador que era el paisaje, no había nadie con aquel muerto.
La fosa común estaba lejos y era un camino incómodo. Pero allí, justo a su lado, estaban preparando el último momento de un Marqués, del que no se sabía bien de qué. Y el conductor pensó:
- Seguro que mañana hará sol y este hombre tendrá un espectacular entierro, con laudes y maitines cantados por curas y monaguillos.
Entonces al conductor se le ocurrió algo que le resultó muy gracioso. Se acercó a la tumba donde estaba el ataúd de Mozart y abriendo la trampilla dejó que el hombre helado callera en la tierra, dentro de su sudario. Después el enterrador, sin percatarse de tal acto, lo fue cubriendo con abundante tierra. La fosa era muy profunda y bien lo sabia el enterrador, ya que él mismo la había cavado.
Diciendo para si mismo el conductor, en ese preciso momento:
- ¿No decían que era el cuerpo de un músico?. Pues que le toque hasta la eternidad al buen Marqués, su próximo vecino.
Marchándose satisfecho y silbando una cancioncilla que le gustaba demasiado, se alejaba preguntándose :
- ¿Cómo se llamaba?, era algo así como si fuese una flauta hechizada....
Dé repente Dios tenía a Mozart a su lado :
- ¿Te disgusta? - le dijo.
- Me da lo mismo - contestó contemplando la escena final de su vida.
Entonces Mozart intentó reírse aunque no le salió la voz, dándose cuenta de que era un simple espíritu del que sólo se escuchó una melodía.
- Verás... - le dijo Dios confidencialmente - Tú música era mía, y es por eso que hoy he mandado a la lluvia para ser las lágrimas que el mundo debería haber vertido por tu muerte. Y además, por eso mismo te he querido enterar como a un Marqués...
Ambos desaparecían flotaron felices y cantando juntos.
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