PERDONA QUE TE MOLESTE



Humanos, es muy cierto que el pez grande se come al pequeño, pero quién es el grande y quién es el pequeño. Pensemos pues en pirañas...

Vivo solo porque la compañía de la gente me fastidia. Tengo cincuenta y cuatro años y me siento a gusto conmigo mismo. A las mujeres no les dejo que permanezcan a mi lado demasiado, y reconozco que soy un maniático y que es curiosamente lo que a mucha gente le parece un defecto, pero de vez en cuando y espaciadas en el tiempo, van y vienen, pero nunca que mi me hace el hombre más feliz. Tengo una lista de cosas en mi vida de cosas indeseable, se trata de una lista que no es muy larga pero si estricta. Es en esta donde puedes encontrar una de las cosas que más me llegan a molestar, y es que me hablen antes de haber desayunado. Uno de los momentos más importantes del día y me parece poco castigo cualquiera para aquel que interrumpa el momento. Es por eso que cuando encontré a Ernesto sentado en la silla de mi cocina no me cabree porque fuese un ectoplasma sino porque aún estaba en ayunas.

Fantasma o no mi impulso fue no hacerle caso, y menos sin tomarme mi primer café. Alargué mi brazo atravesando su trasparente y ectoplasmatico cuerpo para poder coger mi taza favorita, sin ella el café no sabe igual. Esa típica taza que te gusta y que con ella todo es perfecto, en mi caso es una que tiene un osito con bufanda roja patinando sobre la nieve. Cunado ya tenía mi deseado café entre manos me senté dándole la espalda a Ernesto, aquel fantasma usurpador de cocina, mientras notaba un frío gélido que acarició mi cogote.
Y en ese instante en el que te tomas el sorbo más placentero alguien soltó:

- ¡Hola! ¿Te acuerdas de mí? ... Soy tu vecino Ernesto.

Tras un suspiro largo dije:

- Como no me voy a acodar... ¡si estuve en su entierro!.

Tras decirlo, continué en silencio disfrutando de mi café y con la esperanza de lograr desgastar su paciencia ante la falta de charla y que se fuese a otro lugar con su chapa mañanera. Pero de nuevo el silencio se rompió:

- Perdona que te moleste, pero eres la única persona a la que puedo recurrir...

Sin poder dar crédito del momento interruptus que vivía contesté:

-¡No podía ser! - digo irónicamente - Es decir vecino, que no solo apareces de forma inopinada en mi cocina, traslúcido, verde y con cara de muerto, lo que es normal, sino que encima dices que solo soy yo tu única solución de muerte.

Mirándome dice rápidamente:

- ¡Lo has adivinado! No te ofendas, pero como es natural no puedo leer tus pensamientos, ¿Cómo sé que no eres policía?.

Poniendo mi cara ojerosa y mañanera de "esto no me puede estar pasando a mí", me bebí el café de un sorbo y dejé aquel croissant en el plato, teniendo que olvidar sus bracitos abiertos que me suplicaban que me lo comiese.

- Que narices me hablas de policía... si yo únicamente soy un triste guardia de seguridad. Vamos, aquello que se denomina simplemente "seguratas". ¿Entiendes?

- Bueno es lo mismo, eso quiere decir que estás de lado de los buenos. Y para el lugar donde me encuentro es importante.

Mientras hacia mis cosas mirándole de reojo no le quise escandalizar con explicaciones, pero yo tenía claro que había mucha diferencia entre los chorizos del supermercado y la multinacional que nos esquilmaba con el sueldo. La cosa era que yo cumplía con mi trabajo. Y entonces decidí que la única manera de quitármelo de en medio era escucharle, así que le dije:

- Vale, venga desembucha. ¿Qué quieres?

Mirándome con una pequeña sonrisa me contestó:

-Verás, se trata de una compensación. Poniéndote en contexto a mí me asesinó mi mujer, la Mari Juani. ¿Sabes quien es?

Me quede un poco ojiplático ante lo dicho, pero ¡cómo no iba a saberlo! Si todo el barrio la conocía. Era una mujer impresionante, a la que siempre quise tirarle los tejos, pero la tía era gélida como el mármol de la lápida de su marido. Recuerdo que un día que me acerqué demasiado y me miró con sus oblicuos ojos marrones y dijo:

- Eres demasiado poco para que yo tenga algo contigo. Necesitarías una cartera más completa- me contestó con una sonrisa.

Continuando en la realidad y no en el recuerdo, escuche:

- ¡Vale vale! ¡No me cuentes esas cosas! -me dijo el espectro alteradísimo al mismo tiempo que las cacerolas comenzaban a volar por los aires - No ves que cuando piensas es como si hablases en voz alta, ¡Menudo morro tienes!.

Estupefacto porque pensé que no leía las mentes me puse a pensar en corderitos, a ver si así se relajaba y dejaba mi vajilla en paz.

-Bueno - prosiguió más calmado - el caso es que me asesinó. Yo siempre he sido una persona delicada, de malas digestiones y de bilis revueltas. Siempre estaba en el médico, todo me sentaba mal. Pero ahora sé que mi Mari Juani estaba más que aburrida de mí. Era una persona a la que no le interesaba salir de casa, no tenía amigos, ni ambiciones, ganaba lo justo... Total que Mari Juani decía siempre que yo era un pescado congelado. Sé que un día le salió un novio, un mayorista de carne. No creas que se enamoró de él porque la realidad es que no podía, ya que solo estaba enamorada de sí misma, pero empezó a vivir otra vida. Yo le estorbaba y decidió eliminarme, lo hizo de una manera simple. Me dio aspirinas…

Sin saber bien que decir, repetí:

- ¿Aspirinas?

Y me miro y dijo:

-Si, la cantidad exacta. Así que comencé a tener hemorragias que los médicos no se explicaban. Y ella hizo su papel bien, ya que realmente parecía ansiosa por que me curase. Total que en seis meses se acabó conmigo. Ni siquiera me hicieron la autopsia, la creyeron fielmente. Ella estaba tan guapa vestida de negro llorando...

Antes de que pudiese interrumpirle, continuó:

- Había sido todo muy simple, creo que yo mismo la alenté a que me matase, y no sabes lo que me fastidia decirlo, pero creo que fue por protegerla. Y como me siento incapaz de presentarme ante ella, por eso he pensado en ti.

Y comenté cuando terminó, sin apenas pensarlo y con cierta angustia vital:

- Pues que bien.

A lo que él respondió:

- Hombre no te pongas así, solo tienes que decirle: “Ten cuidado con el mar”

- Así... ¿Sin más?- dije

- Eso es. Y ahora quisiera pedirte un favor. Puedes encender un cigarrillo a ver si puede el humo atravesar la neblina que me rodea.

Encendí el cigarrillo y vi como Ernesto, el fantasma charlatán de la mujer asesina, se enroscaba en el humo del tabaco. Me dio tanta pena que me fumé otro para darle ánimos.

- Gracias... - me susurraba mientras parecía desvanecerse - Tengo que marcharme, estamos estudiando la formación de áureas y es la hora de la clase. Si vienes por aquí pregunta por el 2312, es mi número...

Sin entender mucho de lo que hablaba, le deje ir, y comencé a limpiar la silla por si quedaban restos de ectoplasma. Al día siguiente me encontré de cara con Mari Juani, que venía contoneándose dentro de un visón y con una barra de pan bajo el brazo.

- Buenas - me dijo muy provocadora abriéndose, como el que no quiere la cosa, su abrigo para dejarme ver el ceñido y corto vestido que llevaba, mientras viajábamos juntos en el ascensor.

No la dije nada porque no me parecía el momento oportuno, además estando en enero y el peligro marítimo me parecía lejano. Pero el problema fue que Ernesto cogió la manía de venir a verme, y aunque no nos hablábamos él me miraba tristemente, yo encendía un cigarro y él revoloteaba alrededor. Después se marchaba hecho una voluta atravesando el techo de la cocina. Y una mañana en la que me encontré a la mujer de Ernesto en el bar de al lado, tomando su cañita con boquerones, me acerqué y le dije:

- Ten cuidado con el mar.

Se me quedó mirando igual que si estuviese mirando al ectoplasma de su marido. Y me respondió:

- Perdona, ¿Qué dices?

Sin saber donde meterme respondí apresuradamente sin pensar:

- Pues eso, que tengas cuidado con el mar.

El sentido de la conversación perdió la cordura y como pirañas en lucha por su comida entramos en un tira y afloja de insultos:

-¡Idiota!

-¡Asesina!

-¡Gilipollas! - a lo que ella añadió un buen bolsazo en pleno cabezo buscando un buen golpe craneal que derribo en siete puntos de sutura.

Después de aquello no volví a ver más a esa mujer. Era Ernesto a quien sí que veía con más frecuencia, ya que se me aparecía cada dos por tres dejando tras de sí una baba verde que me embarraba la casa, y que era muy difícil de quitar incluso con desengrasante. Y sin más, un mes después me enteré de que Mari Juani se había atragantado con una espina de pescado que le había hecho volver a ser la compañía de su marido seguramente, esta vez eternamente imagino. Y entonces caí:

- ¡El mar, el mar! - pensé - ¡ahora lo entiendo!

Y.... ahora los tengo a los dos en la cocina, ambos transparentes, ambos verdes, y lo más curioso es que están cogidos tiernamente de la mano. Yo me encuentro en busca de un nuevo piso, porque no hay cosa que más me moleste que no poder desayunar solo.

FIN.


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