PIEDRAS
HUMANOS :
EL AMOR PESA EN EL ALMA COMO LAS PIEDRAS.
El hotel respondía a todos los tópicos que existen sobre la excelencia. Era mi lugar por derecho propio. Por estar allí había recorrido todos los caminos que llevan al triunfo. Perseverancia, sacrificio, esfuerzo y bla,bla,bla. De todos ellos lo más importante para conseguir triunfar, fue ser un cabronazo sin escrúpulos y contar con una suerte favorable, aunque ni con una pistola apuntándome las sienes lo hubiese reconocido. Solo admitía como curriculum de mis logros aquellas virtudes que hacen llorar de emoción, a los bien pensantes que creen en esas simplezas.
Un cielo azul impoluto, aguas esmeraldas, palmeras las justas, flores y plantas, colocadas con tan atento descuido que parecían obra de la naturaleza. Una tumbona, un Negroni y yo.
Poca gente, solo los elegidos, que era capaces de pagar el coste de aquella buena venturanza: "Bienaventurados los ricos, porque vivirán en un mundo de tecnicolor".
Se estaba bien, pero … Me aburría. Después de tres días de ver el mismo paisaje, la misma gente, y escuchar las continuas, reiteradas y pesadas conversaciones, me aburría. Anhelaba la subida de la adrenalina producida por el riesgo de los mercados, la fatiga, las palpitaciones y las mujeres complacientes que no me amaban.
De eso se trataba, yo tampoco conseguía amar a ninguna. Estaba realmente ofendido, me molestaba profundamente y me sentía humillado como si fuese un adolescente aquejado de un acné virulento al no poder, ni poniendo mi mayor voluntad, conseguir tener ese sentimiento que incluso mis empleados más humildes lograban de buenas a primeras, y además sin ningún esfuerzo, ¡Mierda!.
Cada vez que pensaba en ello, mi humor se agriaba, me subía el colesterol y aumentaba mi presión arterial... ¡Mierda!. No podía existir algo de lo que yo no pudiese disfrutar.
No es que sea un romántico, ni que desee una relación estable No, solo el conocimiento de un sentimiento tan vulgar para los seres humanos, como es el amor. Después lo olvidaría, como he olvidado el nombre de la primera chica con la que me acosté.
Aburrido de las piscinas y de la playa particular, decidí buscar la naturaleza en su estado puro. Sombrero, bañador y una toalla, nada más. Salí del Hotel y anduve sin rumbo dando un largo paseo. Encontré por fin, un sitio que consideré adecuado para mi estado de ánimo. Sin gente, con palmeras deslucidas y un mar que llegaba al infinito. Me tumbé sobre la toalla y de una manera idiota me puse a contar las olas. Calma.
Inesperadamente, pasó por delante de mí. Llevaba unos pantalones cortos desgastados y la parte de arriba de un bikini rojo quemado por el sol, sandalias hawaianas naranjas con reflejos de purpurina azul, y un pañuelo de colores anudado en su muñeca. Un verdadero horror. Daba igual, era perfecta. Delante de aquel paisaje parecía el cartel de unas vacaciones soñadas.
Unos pasos a mi derecha se abría una hondonada, no muy grande, donde un pequeño hilillo de agua desembocaba en el mar. Algo inusual en aquella playa de arenas blancas. Lo más extraño es que aquel pocillo estaba lleno de piedras, junto con alguna concha, de las que arroja el mar. Pensé si no sería casual, o algún tipo de ofrenda que hiciesen los nativos a sus dioses, para conjurar peligros o alcanzar bendiciones.
Ella, se arrodilló en su borde, tomó un montoncito de aquellas piedras, y comenzó a examinarlas una por una, limpiándolas en el regato para después secarlas frotándolas contra su pantalón. A continuación, las dispuso con todo cuidado según su tamaño, sobre el pañuelo de colores que había desplegado en el suelo.
Terminada la tarea se lavó las manos, sentándose de espalda a mí contemplando el mar durante un corto tiempo, después cerro el pañuelo atándolo por sus cuatro puntas y se marchó por la orilla, ignorándome.
Esperé a que se alejara, para acercarme a aquello que tanta atención merecía de su parte. Piedras, eso es solo lo que había, aunque prestándolas mayor atención observe que eran diferentes, el mar había impreso en cada una de ellas dibujos, las había de todos los colores. No pude resistirme a la pueril necesidad de coger una de ellas y guardarla, con la sensación detener un talismán entre mis manos.
Sabía que no pertenecía al hotel. Nunca la había visto y su indumentaria era impensable en aquel ambiente. Pensé en preguntar a los empleados, aunque no lo hice, el misterio de aquella mujer merecía ser respetado.
Estábamos en una isla, toda ella dedicada al complejo turístico en el que me alojaba. Algunos criados vivían en bungalows, apartados de la casa central, otros venían en barco, a trabajar todas las mañanas para irse después de la misma manera. Me acerque hasta el puerto, ella no estaba allí, perseguí al resto de los sirvientes, pero tampoco logre encontrarla entre ellos. La esperé todos los días, tumbado sobre la toalla. Nunca faltaba, aparecía recogía sus piedras y se iba. No me miraba, yo no existía para ella y eso me molestó. Estaba llegando al final de mis vacaciones y una impaciencia desconocida comenzó a agobiarme. La última noche de mi estancia, sin poder dormir, volví al lugar de encuentro.
Estaba allí, tumbada en el suelo, dormida, desnuda y rodeada por un círculo perfecto hecho con sus piedras. Me acosté a su lado, puse mi mano sobre su vientre y su respiración no se alteró, solo sus labios se curvaron en una sonrisa, besé sus piernas, acaricié sus pies. No toque ni sus pechos ni su sexo, me parecieron sagrados. Solo olí su pelo y el sudor dulzón de su nuca. Tendido a su lado, tomé su mano y la apreté, ella siguió sonriendo, pero no abrió los ojos. Me quede dormido con la tranquilidad de un niño que descansa junto a su madre. El amanecer me despertó. Ella ya no estaba, en la arena solo quedaba la huella de su cuerpo, enmarcada por el círculo de piedras ahora vacío. No podía hacer nada más, sabía que nunca la volvería a ver. Había conocido por fin el amor y ahora también conocía lo que era el sufrimiento.
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