HAMBRE

 

HUMANOS:  NO SOLO DE PAN VIVE EL HOMBRE

 

 

La barra de la discoteca estaba repleta, la gente se abría paso hacia ella dándose empujones. No necesité nada de eso, con mi sola presencia conseguía que los ansiosos se apartaran como las aguas del Mar Rojo ante el paso de los Israelitas. Allí estaba en el primer puesto, bien sentado y con un camarero atento a mis palabras:

¾ Un whisky doble pedí, añadiendo- por favor- como el que da una limosna.

Tenía hambre, hambre de bebida, hambre de juerga, hambre de mujeres y sobre todo hambre de sexo.

Miré buscando una posible víctima. Sabía que no me lo debía permitir. Mi última relación acabó catastróficamente, la hice daño y al fin y al cabo por muy desalmando que uno sea, siempre queda un poso de remordimiento. 

Pero allí estaba ella, larga melena castaña, ojos oblicuos oscuros, pequeñas                         orejas en las que se balanceaban unos aros dorados como en un columpio, cuello esbelto, escote pronunciado apenas cubierto por una camiseta ajustada, falda tan corta que se podía ver el pequeño triángulo rojo de sus braguitas, y unos zapatos con un tacón tan alto y fino, que hubiese podido servir como arma de defensa.

Me miró. Era una depredadora segura de sus encantos. No tenía la pobre nada que hacer, de los dos, sin dudarlo, yo era el más fuerte. Soy muy alto, cuerpo de modelo, pelo oscuro, ojos negros brillantes, facciones angulosas, orejas un poco puntiagudas, espesas cejas, manos de pianista que incitan a recibir mis caricias. Soy perfecto como hombre y mi olor corporal las atrae como a un hambriento el aroma de las hamburguesas.

¾Hola, le dije, apartando de un codazo al pelmazo borrachín medio dormido que se le pegaba ¡Estás para comerte!

Se rió.

¾ Un poco fuerte la entrada ¿No te parece?

 ¾ ¿No te lo han dicho nunca?

Volvió a reírse echando la cabeza hacia atrás, y cada vez que lo hacía su cuello resaltaba sobre el fondo de las botellas del bar

¾ Así de buenas a primeras nunca. La gente siempre comienza de una manera menos directa.

¾ Pero es que estás buena, buena, insisto, estás para comerte.

¾ ¿Vale, y además de eso te interesa alguna otra cosa de mí?

Si hubiese sido un buen chico la hubiese contestado con la verdad. No, no. Absolutamente nada, aparte de su físico. Nunca habíamos hablado, para mi todo lo que estuviese escondido detrás de sus ojos canelas era un enigma que tampoco quería descubrir. Me dio pena su ingenuidad e inocencia y quise marcharme.

¾ Me voy, le dije.

¾ Pero si es prontísimo, no lo hagas, tómate una última copa conmigo. Agarrándome del brazo me atrajo hacia si, besándome en los labios, tan profesionalmente que su sabor me llegó hasta la garganta. No debería haberlo hecho, su suerte estaba echada.

¾ Vámonos

¾ No, hombre, tomemos otra copa más, ni siquiera es noche cerrada.

¾ Pese a que el calor ha llenado el local, aún queda mucha gente por venir. Te presentaré a mi amiga Maite.

¾ Vámonos, insistí.

Como la arcilla blanda en manos del alfarero.

¾ Bueno.

Subimos a mi Masserati. El cielo estaba teñido de rojo y presagiaba altas temperaturas.

Le encantó mi apartamento, todo mármol, cristal y acero. Es el que tengo para llevar a mis conquistas de una noche ya que además de todos mis encantos soy asquerosamente rico.

No la dejé ni respirar. La bese en la boca, le arranqué la ropa, lancé sus zapatos por encima de nuestras cabezas y la acaricié arañándola. Gimió llena de placer y... se desmayó.

Fue lo mejor que pudo hacer. La luna redonda y potente apareció en mi ventana. Aullé, y sin pensarlo, después de morderla la garganta y acabar así con su vida rápidamente, fui devorando despacio aquella maravillosa presa. Lamí mis patas para no dejar huellas de sangre, dando las gracias por la depilación laser que me ha librado de los molestos pelos. Al comenzar el amanecer, mi hocico se convirtió de nuevo en carnosos labios, las orejas se achicaron y pude de nuevo volver a ponerme en pie. Ya no era un lobo, solo un hombre maldito. 

Junté sus huesos, hice un atadillo con sus restos y los metí en la trituradora de la cocina, limpié después todo con el cuidado de siempre.

Al terminar me serví un whisky doble, pensé en ella, pobre caperucita, y derramé una sola lágrima

Prometí, lleno de arrepentimiento, no volver hacerlo, aunque lo mismo he pensado las treinta veces anteriores.

Me debo a mi especie, no puedo evitarlo, solo soy un hombre lobo hambriento...

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