PODÓLOGO

 

HUMANOS, los pies son el punto G de todo el cuerpo. 


Nada más entrar en la consulta Luisa me advirtió: “ Margarita no está ”.Aunque la noticia me molestó no le contesté, ¿Para qué? Si no estaba, no estaba.

- Ahora - continuó la recepcionista - le atenderá Tomás. Pero no sé preocupe, es buenísimo…

Claro que me fastidiaba, yo estaba acostumbrada a Margarita. Dejar mis pies en manos de cualquiera era un fastidio, por más que arrastrase un “ísimo”en su calificación. Aguardé mi turno viendo revistas atrasadas, evitando así cualquier intentode conversación por parte de Luisa. A pesar de haber llegado a mi hora tuve que esperar más de diez minutos. Mi humor no era bueno, acababa de tener una bronca con mi hija que atravesaba la menopausia adolescente. Mi marido estaba, como dice mi hijo menor, de “fuego”, porque “alguien” le había extraviado unos papeles quedejó cuidadosamente colocados encima de la mesa del comedor antes deacostarse. Como está seguro de que ni las hadas ni los duendes existen yo tenía que ser la culpable, y aunque no se atrevía a decírmelo a la cara me miraba con el ceño fruncido y las cejas en línea. No tuve ganas de entrar en polémicas, así que me callé la boca.

Llevaba tres días sin ir a la oficina por culpa de un fuerte esguince en codo, y aún me molestaba mucho al mover la mano, aún con el cabestrillo puesto, por ello aquel no era precisamente mi mejor momento. Estaba pensando levantarme a protestar, y de paso ponerme como una furia por el retraso, aprovechando así el tener cerca a la pobre Luisa para descargar en ella mi mal humor. Y entonces cuando se abrió la puerta salió la señora que me había pisado muy sonriente, y la miré con odio pero no me hizo ni caso. Al lado de la señora se estaba despidiendo atentamente Tomás, “el ísimo”. Era un hombre normal, de mediana edad, no muy alto, fornido, pelo negro,bigote y gesto serio.

- Por favor Sra., pase.Se hizo a un lado dejándome entrar.

- Siéntese, la atiendo de inmediato.

Me descalcé poniendo los pies extendidos sobre los salientes del sillón. Era un momento que adoraba, me encanta que me toquen los pies. Siempre los llevo cuidados, perfectos, disfruto poniéndome sandalias para lucirlos porque sé que son una parte muy atractiva de mí. Tomás los tomó entre sus manos, tengo que reconocer que su tacto a pesarde los guantes era agradable y cálido.

- Tiene Vd. unos pies perfectos, solo tengo que arreglarle las uñas y parece que aquí en el izquierdo tiene una pequeña dureza, y también le limaré los talones. Nos mantuvimos en silencio. Comenzó con su trabajo, cerré los ojos y oía el zumbido de la pequeña máquina eléctrica , empecé  a dormirme.

- Ya está - me dijo - pero no se levante porque me le voy a dar un pequeño masaje, es lo menos que se merecen estas preciosidades. 

No me alarmé, me pareció natural, ni siquiera me extrañó que se hubiese quitado los guantes. Empezó por mi dedo gordo, rodeándolo cuidadosamente con crema haciéndolo rodar entre sus manos, después introdujo sus dedos entre los intersticios de los míos, con un suave vaivén de delante a atrás. Abarcó con la palma de su mano mis talones, creando un nido entre su piel y la mía que frotó suavemente, subió por el empeine acariciándolo de lado con delicadeza. No abrí los ojos, no podía. No quería interrumpir lo que estaba sucediendo. Cuando su lengua lamió uno por uno mis dedos, mis dudas se disiparon, eran lengüetazos rápidos, como si me diera pequeños golpecitos. Mi cuerpo comenzó a envararse, sentí como el deseo lo invadía y agonizabade placer. Cuando metió en su boca mis dedos alcancé un orgasmo como nunca podía recordar, ni siquiera en la época de novios o con mi marido, ni con Juanito en la playa de Alicante. Suspiré conteniendo el aliento y deseando que las paredes fuesen lo suficientemente gruesas para que nadie me hubiese escuchado. Oí su respiración agitada, seguí con los ojos cerrados. Su voz sonó ronca: 

- Ya he acabado. Pero espere, que le voy a dar más crema. Secó mis pies y profesionalmente  extendió sobre ellos, con cuidado, una última capa.

- Ya está - me dijo - puede calzarse. 

Me puse los calcetines y las zapatillas sin mirarle. Él no se levantó delasiento para acompañarme, se quedó allí con la toalla extendida sobre suspiernas.Salí apresuradamente y oí la voz de Luisa que me perseguía:

-¡Sra. de Álvarez! ¿No quiere una nueva cita? ¿Verdad que es buenísimo?

- Por supuesto que sí, ¡claro que sí! 

Contesté mientras corría camino de la puerta, sin volver la mirada atrás y jurándome no volver nunca más....

¿O sí?





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