HUMANOS: CELOS… QUIÉN ES CAPAZ DE HUIR DE ELLOS…ALGUNA VEZ??? 

 

Comenzó de una manera tonta, como ocurre casi siempre con las cosas importantes. Fuimos mi amiga Lourdes y yo a pasar un fin de semana a una casa rural en un pueblo, del que ya no me acuerdo ni de su nombre.

 La habíamos elegido por barata, era como nos dijeron, rústica, lo que se dice muy rústica, pero que visto sobre el terreno significaba: una cocina sucia y pequeña, una ventana mínima que daba a un patio, dos habitaciones con una barra de madera como perchero y dos camas de muelles que sonaban a cada movimiento, de la ducha, bueno, solo decir que sí que caía agua, aunque siempre fuese fría.

 Nos la había alquilado una amiga de una amiga del trabajo, que nos la describió como “auténtica”. Daba lo mismo, pensábamos no hacer nada, emborracharnos todas las noches, comer comida basura hasta hartarnos, e intentar por parte de Lourdes, ayudarme a salir de mi agonía de los celos.

--Vamos a dar un paseo y charlamos- Me propuso Lurdes, con la intención de que me calmara.

Difícil tarea. Estaba muy enamora y le había perdido. Ya no me amaba, estaba segura de ello, aunque mi amiga se empeñase en lo contrario. Le había visto en Instagram de espaldas, pero con su inconfundible cazadora verde junto a una chica que yo conocía también de Instagram.

 En la foto aparecía la mesa de un bar, sobre ella una jarra de cerveza, dos vasos, las llaves de un coche con el llavero igual al que yo lo había regalado, y un monedero de piel de serpiente, absolutamente falso.

A él le gustaba la cerveza, a ella la había visto bailando en una fiesta, enseñando el ombligo adornado con un piercing espantoso. Las llaves, que estaban junto a uno de los vasos, eran las del coche de Juan con mi llavero, el bolso era exacto al que llevaba en la mano la muy zorra en la fiesta, en la que bailaba bebida como una cuba. ¡Desgraciada!

Por más que mi amiga intentaba razonar: “Que monederos como ese había millones, que las llaves eran igual que otras muchas, que según las estadísticas montones de gente bebía cerveza en verano en España y que el que a una persona le gustase salir en Instagram bailando era de lo más corriente. En cuanto a la foto de la cazadora, no se le veía bien la cabeza y aquella prenda la había comprado en el Corte Inglés y estaba muy de moda. Juan, según ella, era un chico estupendo, serio y trabajador y no le parecía a ella un “pica flor” y yo tenía mucha suerte de que se hubiese enamorado de mí, además era amigo de su hermano Juan, quien fue el que me lo presentó, y siempre decía de él que era un chico serio y estupendo.  Lourdes es mi mejor amiga y me quiere un montón, pero bueno es así, una ingenua.

Yo no le hacía caso, lo sabía con mi intuición de mujer. Había montones de cosas que me lo confirmaban. Otra selfie que vi de ella en el endemoniado Insta que no podía dejar de mirar, pues suponía para mí atracción fatal, de la que no podía sustraerme. En la foto ella estaba tumbada en la hamaca de una playa y, por cierto, se la veían unos pliegues horrorosos en la tripa y eso que está delgadísima. A Juan le encantaban las playas y había ido a Málaga a un Congreso.

Lourdes, se empeñaba en desmontarme todas mis suposiciones. Juan había ido a trabajar y no a pasar unas vacaciones, lo normal es que estuviese todo el día rodeado de colegas, sin tiempo de diversiones.

Ya, ya, eso decía Lourdes que no se entera, pero lo que no podía negar es que Juan llevaba todo un día sin llamarme y que yo había visto aquella mesa, con todas las pruebas de su infidelidad. En cuanto me pusiera en contacto con él, se iba a enterar.

Lourdes me advirtió, que tuviese cuidado, que Juan me había advertido, que aunque me quería muchísimo, no estaba dispuesto a aguantar otra “escenita” de celos y que habíamos ido al campo para que me calmase, y no volviera hacer aquello de tirarle una copa de vino a la cara, en pleno restaurante y delante de sus amigos, porque yo suponía que estaba quedando con la camarera, ya que esta le sonreía y le atendía siempre el primero y él la sonreía a su vez y le daba (a mí me parecía que muy tiernamente) las gracias…

Volvimos a la casa, durante todo el paseo Lourdes me fue sermoneando que no volviese a lo de siempre, y si era posible que no mirase más el dichoso Instagram.

Yo le decía que sí, para que se callase, pero dentro de mí crecía la seguridad de que me era infiel.

Nos tomamos unos bocadillos para cenar, acompañados de una botella de vino blanco, de la que solo dejamos el casco. Lourdes se fue a dormir, estaba cansadísima, quiso que me fuese con ella, pero me disculpé diciéndole que no tenía sueño. Me dio un beso, me deseo las buenas noches y me rogó que no mirase más.

Me alegré de que me dejase sola, ahora sin tenerla delante, podía volver a móvil, y mirar de nuevo la mesa, en busca de nuevas pruebas.

Iva hacerlo cuando sonó el teléfono, era Juan:

--Hola cariño, ¿Cómo estás?

--¿Y tú? Le contesté esperando su respuesta, que con toda seguridad estaría llena de mentiras.

-- Pues muy cansado, ha sido una jornada terrible de trabajo y encima, no sé que diablos ha pasado, que se me ha estropeado el móvil.  Ahora te estoy llamando por el fijo de la Oficina. ¿Amorcito, me has echado mucho de menos?

-- ¡Asqueroso, desgraciado, embustero! No se te ha roto el móvil, has estado todo el día en la playa, con la rubia del piercing, la que tiene el bolsillo de serpiente falso, eres un mentiroso y…

-- ¡Cállate, no dices más que tonterías, me amargas la vida! ¿Pero de qué chica me hablas que tiene una serpiente y…? ¿Sabes lo que te digo?, ¡que estoy harto, te DEJO! No me vuelvas a llamar nuca. El lunes iré a recoger mis cosas y procura no estar, dile a tu amiga Lourdes que me espere en el piso. No quiero volver a verte.

Colgó.

 Me puse a llorar, ahora ya no tenía de quien tener celos.

Al año siguiente se casó con Lourdes. No fui a la boda y ya no nos hablamos…


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