HUMANOS:
YA SABEIS, UNOS ZAPATOS PUEDE
HACERNOS FELICES O DESGRACIADOS, IGUAL
QUE LA VIDA, SEGÚN NOS APRIETEN O NOS QUEDEN HOLGADOS.
ZAPATOS ROJOS
Estaba dentro del alcorque de un árbol, la luz de la ventana de un insomne incidía en la piedra púrpura que lo adornaba. Me pareció indecente. Lo cogí. Sin dudarlo era de ella, lo sabía bien porque yo mismo se los había comprado aquellas Navidades.
Estaban expuestos en el centro de un
escaparate de la zapatería mas cara de Serrano.
¾ ¡Los quiero!
Me dijo con
esa impulsividad que adoro.
No me importaba el precio desorbitado,
pero algo en ellos me resultaba maligno. Las piedrecitas moradas que adornaban los
zapatos me miraban descaradamente y el agujero central de su punta, me
recordaba a una boca de pez haciendo muecas. Me dieron asco.
¾¿De verdad los quieres?
¾ ¡Vamos, no me enfades,
amorcito!, Algo rojo tengo llevar en Fin de Año, si no, no habrá pasión
entre nosotros durante trescientos setenta y cinco días y noches. ¡Cariñín, haz
lo que te pido o no te voy a querer nada, de nada!.
Me dio un beso en la mejilla
y Cariñín sin rechistar, compró los zapatos.
La noche de Fin de Año no se
los puso, cuando le pregunté por qué no los estrenaba, hizo un mohín con los
labios diciéndome:
¾ No me van con el
vestido, mejor en otra ocasión, llevo puesta otra cosa roja que te va a gustar
mucho más que los zapatos…
La imaginación es libre,
supuse cual sería la prenda que los sustituía y me sentí muy satisfecho.
Quedaron olvidados en el armario,
hasta esta tarde.
Iba a salir con las amigas a
una de esas cenas de chicas que tiene de vez en cuando. No me gustan demasiado,
pero ni se me ocurre oponerme.
¾ ¿Estoy guapa?.
Me preguntó, aunque conocía
bien, la respuesta.
¾ Estás impresionante.
Quizá demasiado, para una cena de amigas, ¿no? Veo además que llevas puestos los
zapatos rojos.
Se rio dándome un beso y atravesó la puerta
del salón dejándome solo.
Me quedé pensando en lo espectacular
que resultaba embutida en sus pantalones vaqueros de Dolce y Gabbana, con la camiseta
blanca sin mangas de algodón, y el bolsillo en bandolera de Chanel. Como
contraste, en su muñeca, un reloj de pulsera de plástico, también blanco,
comprado en un mercadillo, y como única joya, unos enormes aros de oro, en cuyo
centro se balanceaba una amatista a juego con las piedras de los zapatos. Aquel
conjunto de cosas, resaltaban lo que ella era, alguien único.
¾ Volveré tarde.
Me había dicho al desparecer de
mi vista, lo último que percibí de ella fue su melena negra abanicándole su
espalda.
Empecé a preocuparme al ver
que eran ya las tres de la mañana, media hora después, no podía casi ni
respirar de angustia. No quería llamarla al móvíl, los quince años que nos
distancian me hacen ser prudente a la hora de pedirle explicaciones. Media hora
después, no aguantaba más, y salí a buscarla al lugar donde había quedado con
sus amigas.
El restaurante estaba
cerrado. Solo silencio y oscuridad, la gente reponía fuerzas en sus casas en
aquella noche de miércoles. Ni un coche, ni una persona, nada. La llamé por
teléfono insistentemente, no me contestó. El miedo cerró mi garganta
ahogándola.
Eché a correr, acompañado de
todas las horribles escenas que el cerebro me enviaba en una sucesión de macabras
imágenes. Las suelas de mis zapatos golpeaban el suelo. Miraba buscándola enloquecido,
pero no la veía.
Sentí un fuerte dolor en mi
pierna izquierda, aquel árbol se había interpuesto en mi loca carrera y allí
junto a él, dentro de su alcorque estaba uno de sus zapatos rojos.
Al tenerlo entre mis manos supe
que ella estaba cerca. Avancé unos pasos, junto a una verja encontré sus
pantalones y debajo de ellos su camiseta, ambas prendas absurdamente dobladas. Unos
pasos delante estaba el móvil. Crucé la calle y en el siguiente alcorque encontré
los pendientes y el reloj. Colgado de las ramas de un árbol estaba su bolso, lo
abrí, estaba intacto. Mas adelante sobre el manillar de la entrada del jardín
de una casa, el sujetador y sus braguitas parecían estar secándose. Lo recogí
todo amorosamente y avancé por la calle, seguro ya de encontrarla.
Sentada sobre el mármol de la
entrada de una tienda desierta, desnuda, inclinada sobre sus piernas encogidas,
calzada únicamente con el otro zapato rojo, estaba ella.
Levantó los ojos y mirándome
tomó de mis manos el zapato.
¾ Dámelo, menos mal que lo
has encontrado, temía haberlo perdido .
No le contesté nada ¿Qué podía decirle? Le
tendí su ropa.
¾ ¿Sabes, no puedo
perderlos? Me castigarían por ello. Son ellos los que me han llevado hasta el
laberinto. ¿Lo ves? Me dijo señalándome unos ridículos matojos que crecían en
el jardín de la acera de enfrente.
Ante aquel despropósito opté
por callarme, la miré con detenimiento, no estaba golpeada, ni triste o
borracha, solo sus ojos brillaban como dos canicas verdes reflectando la luz
del farol cercano, aunque sus pupilas tampoco estaban dilatadas. Todo parecía
normal y precisamente aquello era lo que más me asustaba.
¾ No te puedo contar
demasiadas cosas, no me está permitido. He estado dentro de mí, me he conocido mientras
bailaba con ÉL. Solo me ha besado, y sus labios eran hielo que quemaba, sus
manos agarraban mis brazos fuertemente mientras dábamos vueltas. Todo giraba,
la vida, el amor, la muerte, tú y yo. ¿No te quiero, lo sabes? Me gustas, me
convienes, pero nada más, pero ÉL… Me di cuenta de que tenía que escapar, cerré
los ojos para no verle y lancé uno de los zapatos lejos de mí. Todo desapareció.
Me encontré sola aquí. Te esperaba, sabía que vendrías a por mí.
Los ojos me escocían, las
lágrimas se asomaron a ellos, pero se lo impedí, no podía permitírmelo, la amo,
sin más. Por ella destrocé mí matrimonio y dejé a mis hijos. Nunca me había
hablado tan claramente de su desamor, aunque yo lo sabía. No importa, el
presente es nuestro.
La tomé de los hombros y
avancé a su lado sosteniéndola por la calle oscura.
Nunca le pregunté nada, jamás
volvimos a hablar de aquella noche. Ella volvió a ser divertida, impetuosa,
irreflexiva y exigente conmigo, tal y como yo la deseo.
He guardado los zapatos en un lugar imposible.
No pude tirarlos porque si lo hubiese hecho, ella habría desaparecido de mi
vida. De vez en cuando sus ojos vuelven a ser dos canicas y entonces comprendo
que piensa en ÉL, pero mientras los zapatos sigan guardados en su caja, ella no
me abandonará.
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