HUMANOS. A
veces nunca...fue siempre…
NUNCA
Todos los
lunes, miércoles y viernes aparecía en
el rellano de mi escalera a las ocho en
punto de la tarde.
Nunca tenía
que llamar al timbre, siempre la esperaba con la puerta abierta. Nunca le
pregunté de dónde venía ni ella me lo dijo.
Después de
saludarme con una inclinación de cabeza, se dirigía directamente al baño, donde
estaba quince minutos exactos. Nunca catorce ni dieciséis. Salía envuelta en
una bata de peluche rosa que le había
comprado en unos grandes almacenes, que después dejaba limpia y mojada en un gancho de acero clavado en la pared.
Sin ni
siquiera cogernos de la mano, íbamos directos a mi dormitorio, allí sobre la
cama hacíamos el amor dos veces, una apasionada y otra apacible.
Se levantaba
después rápidamente desnuda y descalza, yo
la veía alejarse por el pasillo con su negro pelo balanceándose sobre la
espalda mientras andaba.
Nunca tenía
que esperarla más de veinte minutos y ese era el tiempo que empleaba en
preparar nuestra cena. Nunca cambiaba el
menú porque el que le hacía sabía que le gustaba; pasta, ensalada con un
poquito de pimienta aliñada en mi cuenco naranja de plástico, vino rojo y un
helado de chocolate.
Mientras
comíamos hablábamos de cine, al fin y al cabo, fue en uno donde nos conocimos.
Llovía,
llovía con furia, aburrido y empapado entré a ver una película. El protagonista
andaba por los tejados, se tiraba encima de camiones y trenes en marcha y nunca
le pasaba nada. Yo admiraba su valentía y buena suerte pero empecé a sentir la
modorra que acompaña al aburrimiento. Ella estaba a mi lado, absorta como si la película le interesase de veras.
Intentaba no
cerrar los ojos, pero mis párpados se volvían cada vez más pesados, hasta que
ella en un gesto natural, me ofreció palomitas.
Nunca nadie
me había ofrecido nada en un cine e instantáneamente comprendí que nos
conocíamos de siempre.
La invité a
cenar, ella aceptó y fuimos a un italiano que estaba en la esquina. Pidió espaguetis
y con una habilidad asombrosa los fue enrollando alrededor del tenedor. Comía
con pequeños y voraces bocados con una
velocidad sorprendente. De vez en cuando cogía uno largo que dejaba colgado del
cubierto succionándolo sin mancharse la boca. Me parecía muy sexy.
Al terminar
la cena, dejó los cubiertos simétricamente colocados en el lado derecho del
plato, cruzó los brazos sobre el mantel y me dijo:
__ ¿Vives
solo?
__ Si,
completamente, le respondí.
__¿Tienes
novia?
__No
__¿ Tu casa
está cerca?
__ Dos calles
más arriba.
__ Vayamos,
¿Quieres que tengamos sexo?
Me
pareció natural lo que me decía, la
ayudé a ponerse la gabardina y salimos a la calle. Había dejado de llover, no
hacía frio, fuimos dando un paseo sin ni siquiera tocarnos. Uno al lado de otro
como dos buenos amigos.
Hicimos el
amor, grato pero no inolvidable. Al marcharme me propuso:
__ Vendré,
los lunes, miércoles y viernes a las ocho de la tarde. ¿te parece bien?
__Si, la
contesté
Empinándose,
era bajita, me dio un beso en la cara. Nada más.
Así comenzó
una rutina que duró cuatro años.
Nunca supe
lo que ella quería de mí ni tampoco lo que yo necesitaba de ella.
Una tarde de
miércoles cortó de repente, en medio de la cena, nuestra conversación sobre
cine para preguntarme:
__¿Estás
enamorado de mi?
Nunca
miento, le dije que no, que mi amor era la vecina de enfrente, rubia de ojos
azules y largas uñas pintadas de verde, que siempre me sonreía cuando tendíamos
la ropa en las cuerdas del patio interior.
__Entiendo,
dijo.
Volvió a
hablar de cine animadamente, cuando terminó la cena me dio un beso en las mejillas y se fue.
Nunca volvió,
y yo comencé a amarla desesperadamente.
Nunca he
sabido su dirección, nunca he sabido su apellido, nunca…

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