HUMANOS, QUÉ SUBJETIVA ES LA FELICIDAD...
La luz de la calle proyectaba
rayas blancas sobre el cabecero de la cama. MARIA entre abrió los ojos, odiaba
dormir en la oscuridad y por ello siempre dejaba las persianas semiabiertas.
Adormilada volvió a cerrarlos de nuevo. A su espalda JUAN respiraba, tranquilidad,
calma. Se dio la vuelta hacia él.
Habían comenzado la noche abrazados, luego el
abrazo se fue deshaciendo entre los sueños y ahora de nuevo ella buscaba su
cuerpo. El sentir su piel y el olor del
hombre que descansaba a su lado la hacia sentirse segura y feliz. Comenzaba
otra vez a adormecerse, cuando unos labios buscaron los suyos, en un beso
prolongado y tierno. No abrió los ojos y supo que él también se debatía aún en
el sueño, a pesar de que sus manos acariciasen cada parte de su cuerpo.
Sus sentidos se despertaron, pero continuaba
soñolienta, No quería despertar del todo, solo deseaba sentir. Ambos estaban
desnudos, no existía ningún impedimento para las caricias, estas se prolongaron
lentas, al sentirle dentro de sí, tragó saliva. No estaba haciendo el amor, estaba
comulgando con el amado. Nunca fue más suyo, nunca él más de ella Deshicieron
el abrazo, aún adormecidos, entrelazando sus manos para continuar unidos hasta
el despertar. Comenzando de esa manera un nuevo día.
Nada más entrar en la
habitación María comprendió que su jefa estaba como siempre de mal humor.
Sentada a la mesa terminaba su parco desayuno; un pomelo, un café bien cargado
y dos finas lonchas de jamón. Comía con desgana como el que cumple un deber
antipático. Levantó los ojos de la taza y miro a María con cara amargada.
-- Llegas tarde, como siempre.
Te has retrasado cinco minutos, a ver si algún día te da la gana de levantarte
a tu hora para cumplir con tus obligaciones que para eso te pago.
María se limitó a sonreír diciendo
un: “Lo siento Sra.”
No era verdad, María, no lo
sentía en absoluto, sabía que “la SEÑORA” adelantaba el reloj veinte minutos y
que ella llegaba siempre antes de su hora. Regañar y arañar tiempo de trabajo
de los empleados
era una de sus distracciones
favoritas. Se creía con ello mas lista que los demás.
--¿Has traído la prensa?
En su tono de voz se
adivinaba el oculto deseo de que María se hubiera olvidado del encargo para
poder así volcar en ella todo su desasosiego.
-- Si Sra. -contestó
respetuosamente María. Con su permiso voy a ver la correspondencia de hoy.
Un gruñido fue la
contestación.
María llevaba en aquel puesto
un año. Ni siquiera detestaba a su jefa, en realidad para ella no existía, solo
era un medio temporal de ganar dinero para acabar la carrera. Pensó en Juan y
una oleada de felicidad la invadió. Con una sonrisa comenzó a revisar la agenda
del día.
-- ¡María, María, ven ¡
La voz sonaba jubilosa.
-- ¿Qué sucede Sra.?
-- Mira, la dijo, tendiéndole
la Revista, llena de gente famosa aparentemente siempre feliz.
Allí estaba ella en el 11º
lugar de las mejores vestidas del año.
--¿Te das cuenta?! Por encima
de mi mejor “AMIGA” hay 10 mujeres mejor vestidas que ella ¡Como estará rabiando!
¡Que feliz me siento! Con lo presumida que es y los aires que se da.
Tengo que verla, tengo que
verla. Llámala inmediatamente y proponla que comamos juntas hoy mismo. No se va
a poder negar. No podía pensar en una manera mejor de empezar el día. ¡Tres
años intentándolo, y por fin! ¡Que felicidad ¡
Sentada enfrente de su “Mejor
amiga”, desmenuzando desganadamente un rodaballo en El Filandón, esperaba el
momento preciso, saboreando, no la comida, pero si el poder destruirla. Con tono
indiferente la pregunto:
-- Has visto la “REVISTA”.
La amiga la miró
detenidamente, sabia lo que se escondía detrás de aquella aparentemente inocente
pregunta. Una trampa. Durante un tiempo creyó que existía algo entre ellas, una
especie de confianza mutua de mujer a mujer, pero con el paso del tiempo había
dejado de apreciarla. Es más, la detestaba. Continuaba la amistad por interés.
Ella era una persona influyente y también por comodidad, dejarse llevar era más
fácil que romper.
Ella sacó del bolsillo la
publicación, abierta en la página conveniente, tan precipitadamente que casi
tira la copa de vino.
--¡Mírala!, hija, que mala suerte
has tenido, ya ves será por el traje que llevabas, ya te lo advertí aunque no
lo entiendo, porque tú estabas deliciosa, con tu traje de Lacroix, quizás si
que es cierto que tengas un poquito más de peso y eso se nota. Pero vamos,
estabas, preciosa, preciosa. Estoy segura de que ha sido solo cuestión de
suerte y que tú a pesar de esos kilitos te merecías un mejor puesto, ¡Por que
la 11º! No es digno para ti.
Bajo dulcemente los ojos
sonriendo como lo harían las serpientes si pudieran sonreír.
La “AMIGA”, se lo pensó. La
observó detenidamente, su cara ya no era joven y estaba hinchaba por el botox.
Ciertamente se la veía delgada y elegante, aunque sus ojos cansados y su
aspecto desmayado hablaban de su continuo estado de ansiedad y de determinados
“medicamentos” que tomaba para aliviarla, unido a su hambre.
Lo tuvo en la punta de los
labios, sintió un deseo casi incontrolable de hacerla daño. Bastaría con que le
contara lo que estaba en boca de todo el mundo, que su marido estaba con “OTRA”,
y que la cosa iba en serio. Modelo, veintitrés años – Una mujer poderosa…
Volvió a mirarla, su “AMIGA”,
seguía sonriendo triunfal. La hubiese abofeteado, sin embargo, de repente, la
vio tal cual era, sola y triste. Un sentimiento, pocas veces experimentado de
misericordia hacia ella, invadió su ánimo y la sumió en un estado de calma.
-- No tienes razón, no me lo
merecía. Había mujeres más guapas y sobre todo, más elegantes y delgadas.
Le pareció que la sonrisa
desparecía del rostro de “ELLA”. No era eso lo que buscaba.
La “AMIGA”, le propuso
levantar las copas:
-- Brindemos por la amistad
-- Brindemos
Al hacerlo, sintió paz y felicidad
y le pareció que era una buena manera de comenzar el día
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