AMOR VERDADERO.

HUMANOS:  A veces la verdad está dentro de una mentira.

 

La cerradura estaba herrumbrosa, y la puerta atascada. Llevaban bastante tiempo sin ir, la falta de uso, la humedad del lugar había terminado por corroerlo todo. Demasiada lluvia, demasiados pinos, que la condensaban, entre sus ramas, rodeando la casa de una nube gris.

Se besaron apasionadamente antes de intentar abrir con la llave, una llave enorme de hierro con una forma antigua y pesada, precisamente por su falta de funcionalidad, era por lo que les gustaba tanto. Vieja, grande, pesada, sucia y solo de ellos.

Se volvieron a besar, mordiéndose los labios, llenos de pasión, después introdujeron la llave, que milagrosamente, abrió la puerta.

La casa estaba tal y como la habían dejado, destartalada y húmeda Encendieron la calefacción eléctrica, los muebles tenían una densa capa de polvo gris que los envolvía. Ella dibujó sobre la mesa del comedor dos corazones atravesados por una flechase. Juntos se rieron.  En el suelo de madera aún había las marcas de sus antiguas pisadas. Volvieron a besarse, y cada beso era nuevo, recién estrenado.

Abrieron una botella de champagne que habían dejado en la anterior visita. Estaba caliente, no les importó, limpiaron las copas con el borde del jersey de él, brindaron por su amor, hasta acabar la botella.

Él, comenzó a desvestirse, se quitó los pantalones y los calzoncillos, pero no se desprendió del jersey ni de los calcetines, hacía bastante frio.  Tenía venas marcadas en las piernas, y una lorza de carne en la cintura, ya no era joven.

Ella, también se desvistió, sacándose los pantalones y unas bragas blancas que la llegaban hasta la cintura y al igual que él, se dejó, el jersey puesto. Ella no tenía lorzas de carne sobrante, al contrario, solo una fina capa de carne la envolvía cubierta por una piel totalmente blanca.

 

Él se sentó en la mecedora, ella encima de él, abrió sus piernas, abrazando la cintura del hombre para poder pasarlas por el espacio curvo y abierto que dejaban los brazos de la hamaca.

Él entró en ella y comenzó a balancearse, mientras metía sus manos por debajo del jersey de ella, hasta tocar sus pechos un poco lacios, pero con sus pezones erectos.

Ella le levantó la ropa, comenzó a besarle el torso, a darle pequeños bocados en sus pezones y en sus orejas, pasando su lengua húmeda por su pecho haciéndole pequeños dibujos, con ella.

Él comenzó a balancearse de nuevo, ella sintió en su cuerpo de nuevo el placer que aumentaba con el ritmo de la hamaca, cada vez más rápido. Unos suspiros, unos jadeos, tan largos y profundos que parecían lamentos agónicos.

Pararon, se abrazaron y de nuevo volvieron los apasionados besos y el rítmico balanceo.

La tarde fue consumiéndose, entre el placer, el sabor del champagne caliente y las risas de los buenos recuerdos.

¡Veinte años, dan para tanto!

Sabían que eran el uno para el otro, el amor verdadero. Aquella casa comprada en la mitad de las montañas, aislada era su verdadero y único hogar.

Acabado el día, silenciosa la noche, salieron de ella. Cerraron la puerta y se dieron un beso fugaz.

Después se saludaron con la mano, entrando cada uno en su coche, emprendiendo el camino hacia sus respectivas familias, que siempre los esperaban.

 

 

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